
El deseo de Sara
Sara pensó que ya que estaba en el lado de la ventanilla era ella quién debía decidir si dejarla subida o bajada. Realmente le resultaría embarazoso cerrarla cuando la otra persona estuviese mirando, o abrirla si ésta estaba durmiendo. Eran cerca de las siete de la tarde.
La azafata llegó a su asiento y le preguntó si quería el periódico, Sara respondió que no, aun acostumbrada a dejar que fuera él quien contestara. Por mi primera vez se empezaba a sentir alguien; llenar ese vacío, esa necesidad, no iba a ser fácil, pero ella misma confiaba en sus fuerzas. Haberse obligado a ese viaje había sido el punto de partida. En teoría el mejor aliado del olvido es la distancia, sin embargo hay ocasiones en que ambos se reconcilian y no hay forma de huir al recuerdo.
Sara trabajaba como oficinista en Manhattan, junto a Wall Street.
Llevaba cinco años en el mismo puesto, muy bien visto y aún mejor pagado. Sus padres vivían al Sureste, en Brooklyn y siempre la habían tratado como si conservara eternamente trece años. En cierto modo era sobreprotección, una palabra nada justa comparable a su horrible significado: prisión, sin libertad, sin autonomía, sin carácter.
Durante toda su juventud había estado expuesta al filtro paterno, nada desconocían, los únicos secretos que guardaba era los que no contaba, con apenas catorce años encontraba medios para la evasión. Sus padres se regían por una máxima: “Para qué preguntarte, si sabemos qué es lo mejor para ti”.
Numerosas veces Sara se quedaba en clase asistiendo a actividades extraescolares o hablando con algún profesor de turno por temor a volver al teatro, como ella la llamaba, pues se consideraba un títere en su propia casa. Aquellas clases sin embargo le sirvieron para conocer su amor a los números, en ellos encontraba la confianza, la seguridad de que un resultado iba a ser universal y totalmente indiscutible. Mucho más tarde gracias a esa gran habilidad conseguiría el puesto de contable en el edificio negro de Wall Street.
Cuando cumplió los veintitrés todo cambió de repente, no por la mayoría de edad ya que ello tan sólo le había reportado cierta libertad de horarios, sino porque conoció a quién la libraría de todo aquello, a quién le haría soñar, a quién le haría despertarse y no querer volver al sueño, a quien le escucharía y le haría sentir realmente alguien, y lo que era más importante, a quien cortaría aquellos malditos hilos que pendían de su cuerpo.
Su nombre era Brad, ambos habían estudiado en la misma universidad, con el mismo amor a los números y al cuerpo del otro.
Sara miró al hombre de al lado, de avanzada edad, se había quedado dormido y emitía una especie de ronquido; así que se colocó los cascos, sacó su diario y comenzó a escribir; pensaba escribir todo lo que recordara de su infancia, su adolescencia, su juventud,.. si es que aquellas no habían estado juntas. Cuando llegó a la parte donde comenzó a conocer a Brad se detuvo, no sabía si estaba preparada, si comenzaba debía llegar al final, ella no era muy amiga de la memoria selectiva:
“Qué contarme a mi misma que no sepa mi corazón…” Sara volvió a detenerse, esta vez consciente de que no se detendría, preparada cual batalla entre ella y el recuerdo.
“Comenzaré diciendo que mi único deseo en estos momentos y que estoy dispuesta a cumplir sin condiciones es olvidarlo todo, empezar de cero, comenzar una nueva vida…volvería a nacer si fuera posible; una misma persona no puede perder tanto tiempo en su propia vida, sería demasiado cruel.
En aquel tiempo pensaba que Brad para mi era la luz que me hacía ser quien era, ahora diría que simplemente fue la ventana tras la que me reflejé, mi verdadero potencial, me hizo ver que los sueños no sólo eran sueños.
Después de aprobar cuarto me fui a vivir con Brad, su piso no estaba lejos del campus así que todo iba a ser perfecto. Durante el tiempo que vivimos juntos él sabía cómo hacerse imprescindible, sus miradas en momentos exactos, sus detalles ( como despertarse antes que yo para que no me quedara dormida),..
Sara hizo una breve pausa para descansar, subió la ventanilla un poco y se dio cuenta de que ya había anochecido, había un poco de nubes. La tripulación del avión informó que proyectarían la primera película de la noche: “Viaje para dos”. No pudo evitar reírse. El cruel detalle de tan inoportuno título no se lo esperaba, pero le hizo reír mientras volvía a coger el bolígrafo.
“Mis padres se alejaron de mí, al principio hicieron lo propio por ser ellos quien alejaran a Brad, pero ante mi negativa decidieron desistir, arrastrando en su recelo a su propia hija. Dejé de verlos; me consideraban un pájaro que había escapado de su jaula, los defraudé; ahora todavía me duele lo que hicieron, pero sé que les cegaron los celos y la codicia. Cuando me cogieron de contable, Brad también estaba trabajando, como asistente en una biblioteca, mientras acaba su tesis de magisterio. Prácticamente tan sólo nos veíamos cuando volvía del trabajo, ya tarde, pero no lo suficiente para que él no me hubiera preparado una camino de pétalos a la bañera o uno de velas al dormitorio. Pensando para mí, me cuesta creer que algún día superaré esto. Quiero ver este viaje como un paso atrás necesario para coger el impulso que necesito. Sin darme cuenta perdí contacto con mis amistades, no los necesitaba, con él lo tenía todo. Es cierto que de vez en cuando discutíamos pero era normal viviendo juntos, siempre zanjábamos los asuntos con preciosas reconciliaciones.
Un día…recibí una llamada mientras trabajaba, era mi tío, me dijo que había algo que debía saber: mi padre se había puesto enfermo, le habían detectado un tipo de tumor en el cerebro y debían operarle de urgencia. En aquel momento no supe si echarme a llorar por la horrible noticia o odiar a mi madre por no haberme llamado. Pedí un permiso para marcharme del trabajo y cogí el coche.
Había un tráfico enorme, era casi hora punta, dejé un mensaje a Brad en el contestador de que llegaría tarde a casa porque mi padre estaba muy enfermo. Todos mis esfuerzos fueron en vano, a medio camino en el puente de Brooklyn, con el coche aun casi parado debido a la caravana que había; mi móvil volvió a sonar, era mi tío de nuevo, cuando lo cogí se cortó, el teléfono se había quedado sin batería. Me acuerdo que golpeé el volante con rabia y lancé el teléfono al sillón, me dieron ganas de salir del coche e ir corriendo, no era posible que aquello estuviera pasando a mí. Cuando el tráfico volvió a ser fluido había pasado casi una hora, recuerdo que aparqué en un vado y subí corriendo al hospital. Enseguida un doctor me acompañó a la sala donde se encontraban todos mis familiares, antes de llegar me detuvo, me cogió de los hombros y me dijo: “Tu padre ha muerto”, sin pestañear, sin añadir el más mínimo edulcorante, fue tan natural como los hechos.
La proyección de la película y la tenue luz del pasillo por un momento se apagaron, duró menos de dos segundos, poco después se encendió la luz del uso del cinturón.
Atravesaban una tormenta, Sara nunca le había tenido especial miedo a los aviones así que continuó con su historia cuando se abrochó el cinturón.
“Estuve a punto de desmayarme, pero curiosamente algo me mantuvo en pie, mi madre me miraba tras el cristal de la habitación fijamente, me dejó paralizada, su mirada era un escaparate: rencor, odio, culpabilidad, desprecio; se que aquel día la perdí también a ella.
Mi padre murió aquel día y no pude estar con él; aquel maldito tráfico me impidió y para colmo no pude coger la llamada a mi tío, aunque a decir verdad, pienso que fue lo mejor, sino entonces si me hubiera bajado del coche y echado a correr.”
Sara no se dio cuenta, estaba llorando mientras escribía, el anciano de al lado de pronto le ofreció un pañuelo, ella se asustó, no se lo esperaba; dejó escapar una ligera sonrisa. De pronto el avión comenzó a traquetear de un modo intenso, aunque no duró mucho si que llegó a impresionar a Sara.
El comandante del avión avisó de posibles turbulencias. Sara se vio obligada a cerrar la bandeja sobre la que escribía y recostó su cabeza sobre el asiento. Se quedó dormida, cuando se despertó, unos cuarenta minutos más tarde, continuó escribiendo, ya no habían turbulencias.
“He empezado este diario pensando en acabarlo y eso haré.
Ni siquiera hablé con mi madre, no hablé con nadie. Bajé y fui a coger el coche, me encontré a un guardia junto a él poniendo una multa, iba a llamar a la grúa. Logré convencerlo por evidente motivo, mas mi cara no reflejaba otra cosa. Cuando estaba llegando al piso eran casi la una de la mañana. Pensé que quizás Brad se había quedado dormido, pero aún estaba despierto.
Cuando entré vi el mensaje que dejé, pendiente en el contestador, Brad no lo había escuchado así que procuré no hacer mucho ruido ya que estaría dormido. Dejé mis cosas en el cuenco de la cocina y fui al dormitorio silenciosamente. Me extrañó que la puerta estuviese cerrada pero no le di importancia y entré.
Me encontré a Brad sobre una chica en nuestra cama, manchando las sábanas que ambos habíamos elegido semanas atrás. Yo pensaba que las personas cuando son tratadas por el destino de una forma tan atroz, son capaces de cometer locuras; yo me quedé sin habla, sin vista, sin corazón.”
A Sara le temblaba el pulso; sorprendentemente el avión comenzó a sufrir de nuevo leves turbulencias, pero siguió escribiendo.
“Él se quedó mirándome, perplejo, perdió todo el color, noté como incluso intentaba convencerme con la mirada de que aquello lo superaríamos, no era mi imaginación, en realidad él había encontrado la forma de jugar con mi mente de forma parecida a mis padres, de una forma menos desagradable pero igual de intrusiva. Directamente me di la vuelta sabiendo que sería la última vez que vería su cara y esos ojitos que tanto me habían enamorado, él salió detrás de mí por el pasillo. Iba a irme pero me desvié al contestador, tenía una última palabra, pero no iba a ser yo la que hablara, sino su consciencia. Pulsé el play y comenzó a sonar. Yo me fui, tardé el tiempo justo para ver como se derrumbaba en el suelo de la cocina, semidesnudo, mientras oía mi voz desde el teléfono diciéndole que llegaría tarde por el tumor de mi padre.
Lo único que recuerdo a partir de aquel momento fue que dormí en un hotel y me aseguré que mi objetivo sería olvidar todo aquello, allí no tenía nada que hacer, me iría un tiempo de viaje, Australia surgió por casi por descarte. Una semana después de aquello, o sea, hoy, cogí un avión rumbo Australia, y aquí me encuentro, cerrando el último capítulo de mi anterior vida. No le deseo a nadie lo que…”
Sara se vio sorprendida por una enorme sacudida, se oyeron algunos gritos, volvió a cerrar la bandeja y guardó el diario, comenzó a asustarse, los temblores eran constantes e impresionaban; se cayeron dos vasos en los asientos contiguos, en una de las sacudidas llegaron a saltar las máscaras de oxigeno, lo que provocó el pavor de todos, el comandante no hablaba, no había palabras tranquilizadoras, se limitó a decir que no perdieran la calma e hicieran caso de las azafatas. Sara se aferraba con fuerza a los posa brazos. Algo le decía que lo que estaba pasando era más peligroso de lo que parecía, notó como el avión se balanceó con el morro abajo y todos se fueron hacia delante, sujetados por el cinturón; las luces se apagaron, los niños lloraban, era algo espantoso, Sara se sentía a merced del piloto, ella y todos. La tormenta estaba causando daños al avión, de repente, se oyó una fuerte explosión en el ala izquierda; cuando Sara subió la ventanilla y vio el motor en llamas volvió a cerrarla histérica y se colocó la mascarilla de gas, era el final. La inclinación del avión hizo que uno de los carros de catering saliera disparado de atrás hacia delante; el cinturón comenzaba a hacer daño en el estómago debido a la fuerza que estaban soportando, se escuchó de repente otra explosión y el avión se inclinó más aún, caían en picado, todos gritaban.
No supo por qué pero se le cruzó por la cabeza que después de todo, aquel podía ser un digno final, es lo que le quedaba, no tenía a nadie, lo había perdido todo.
Los motores hacían un ruido espantoso añadido a la fuerte resistencia del viento contra la chapa; el avión apenas estaba a cinco kilómetros del suelo, Sara no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos, sabía lo que iba a suceder y deseaba que pasara rápido, el anciano de al lado yacía en el asiento, le había dado un paro cardiaco, posiblemente fue lo mejor que le habría podido suceder. Después, el avión llegó a Tierra.
Sara sólo pudo notar un fortísimo golpe en la cabeza.
Como Sara se había dicho muchas veces, la vida no podía ser tan cruel con la misma persona, pero todo se acabó; el avión chocó casi de panza y quedo prácticamente destrozado.
Su sueño de marcharse a olvidar a Australia, su último sueño no había podido cumplirse; sin embargo, Sara aún respiraba.
Veinte minutos después Sara abrió los ojos, había sobrevivido. El golpe la había desplazado hacía el cuerpo del anciano y este la había amortiguado, aunque igualmente poseía múltiples fracturas en las costillas.
Sara, desorientada, se quedó paralizada junto al asiento destrozado observando a su alrededor, se encontraba en estado de shock; a su alrededor sólo había sangre y restos humanos, caía una intensa lluvia, el avión tenía una gran fractura que lo dividía en dos. Sara no sentía ninguna parte de su cuerpo, comenzó a andar para salir de aquel horror, pero le sorprendió la voz de lo que parecía ser una niña, se giró y vio una manita intentando surgir de unos paneles metálicos, Sara corrió para rescatarla, pudo sacarla sin demasiado problema, su estado no era crítico pero se apreciaba grave, parecía haber perdido un oído pues le sangraba desde adentro, la niña se la quedó mirando, ambas mudas, cogidas de la mano comenzaron a caminar alejándose de lo que quedaba del avión. Llegaron a una explanada donde habían muros en ruinas.
Sara no lo sabía pero se encontraban en una de las numerosas Islas Tahití, corrió hacia una de las ruinas a refugiarse de la lluvia, la niña temblaba de frío, Sara pensó que podía coger algo de abrigo para la pequeña pues casi estaban rodeadas de maletas, así que salió de nuevo al camino, le hizo un gesto a la niña para que esperara. Habían maletas de todos los tipos, sin embargo no lejos de allí encontró algo que le llamó la atención, era una especie de cuaderno, cuando lo cogió leyó: “Diario de Sara”.
Se quedó unos instantes perdida, luego comenzó a llorar descontroladamente, el hecho de pensar que aquella pobre chica hubiera pensado seguir escribiendo más en aquel diario la destrozaba, quizás era el cuerpo de cualquier chica que tenía delante, incluso pensó en abrirlo, pero mejor dejar descansar en paz a aquella pobre Sara, si ella estuviera muerta le gustaría que respetaran su intimidad. Corrió hacía la orilla y lanzó al agua el diario. Se abrió por una de las primeras páginas:
…“ Qué contarme a mi misma que no sepa mi corazón”…
Nadie jamás debía descubrir las últimas palabras de aquella pobre chica. Luego volvió a la niña con unas mantas que había encontrado de vuelta y la cubrió.
La niña por fin habló:
-¿Cómo te llamas?
Sara miró al vacio, callada durante unos instantes y respondió:
-¿Y tú?
De un modo u otro, el deseo de Sara se había cumplido. Debido al golpe en la cabeza había perdido la memoria. Se encontraba en Moore, una isla de Tahití, con una chica que no conocía y donde podría hacer lo que ella tanto había deseado, empezar de cero. Había ganado la batalla a sus recuerdos. Éstos habían muerto ahogados.

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Hola, Julián:
¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en Murcia en la cena de Canal Literatura.
La historia de Sara resulta interesante de leer, y creo que has solucionado muy bien la dificultad de mantener la trama fluída a pesar de las retrospectivas del diario.
Volveré a tu blog para leer más.
Un abrazo,
Dorotea