
LA VISITA
¡Espabiiila pechugoona!-gritó Jacinto.
-¡Como me vuelvas a llamar así te parto la cara!- le respondió su señora muy acalorada.
-¡Idiota, que es a la cabra!
-Serás…tonto.
-Más vale que te calles-replicó éste.
-¡Que no es a ti, que es al burro!
Ambos caminaban por el polvoriento arcén de una infinita carretera. Jacinto, un anciano de sesenta y un años, llevaba todo el peso que podía, jarros, mantos, un canasto…se apoyaba en un bastón pero andaba ligero.
Su señora, Teodora, iba a la par sobre un borrico que competía en carga con su marido; tenía sesenta años y era algo gorda. La relación entre ambos era de amor y odio ya que se necesitaban el uno al otro, exclusivamente para insultarse.
Vivían en Alcahucín, a las afueras, totalmente aislados ¿Qué hacían en mitad de aquella carretera?
Teodora había pensado en visitar a su hermana a la ciudad porque había tenido un hijo recientemente. El principal problema era que, tanto ella como su marido, rechazaban cualquier tipo de ingeniería, lo que excluía al coche; así que la idea de ir en burro no seducía demasiado a Jacinto. “Esperemos al menos que tu sobrina cumpla un año, que ahora son todos iguales”.Frases así provocaron que Teodora, fiera en carácter, hiciera los bultos y empujase a su marido a la aventura.
El cielo se estaba encapotando, iba a llover.
-Dios mío, lo que me faltaba ¿Habrás echado algo para la lluvia no?- preguntó Jacinto arqueando la ceja.
-Claro, lo que tú quieras vamos… ¡Si me hubieras ayudado a recoger todo!
-¡Encima! Entérate, te estoy acompañando, valóralo.
-Ja, ja ¿Cómo? Has venido porque no eres capaz de vivir sólo ni dos días.
-¿Insinúas que…?
-No insinúo idiota, te lo estoy diciendo-aclaró Teodora vacilando.
El burro de pronto pegó un brinco.
-¡Ai! ¡Qué susto!-gritó la mujer- me veía en el suelo.
-Y yo Teo, y yo…
El burro comenzó a toser, a comportarse de una forma muy extraña mientras la mujer trataba de no perder las riendas.
-Entonces según tú ¿Sin ti no soy nada?- insistió Jacinto.
-Hombre, eres…-Teodora no acabó la frase, su marido le cortó.
-Déjalo, me voy sólo.
Así Jacinto cruzó la carretera y continuó el camino por el arcén opuesto. Teodora, con mirada odiosa, lo seguía desde el otro lado. De repente el burro se detuvo en seco y comenzó a subir y bajar la cabeza al tiempo que tosía más fuerte aún que antes; se estaba ahogando.
-¡Jacinto! ¡Jacinto! ¡Que me caigo! ¡El burrooo!-gritó la mujer totalmente asustada.
-Ahora Jacinto no existe, no es nada…
Pocos segundos después, al ver que realmente la caída era inminente, cruzó la carretera al rescate de su esposa. Pero no llegó a tiempo; en un último movimiento agónico, el burro lanzó a Teodora al suelo, cayendo desplomada bajo el peso de sus kilos, que no eran pocos. El burro apenas dio tres pasos más cuando también cayó rompiendo dos jarros. Jacinto ayudó a Teodora a levantarse, ésta decía que se había roto la cadera. Ambos comprobaron que el burro ya no respiraba; entonces, Jacinto, más preocupado por el animal que por cualquier cadera rota, intentó averiguar la causa de la muerte del burro; pronto se dio cuenta cual era al encontrarle en el cuello un pequeño hinchazón.
-Será desgraciado aquí nuestro borrico que se ha tragado una abeja y le ha picado en la garganta-protestó Jacinto.
-Y yo para colmo me parto la cadera.
-Lo que hay que escuchar, si eso fuera verdad no estarías ya en pié.
-Claro como yo apenas me quejo- contestó esta.
-¿Qué nunca te quejas? Tu madre no te puso Dolores porque aún eras pequeña y no encontró inspiración.
-Tu ríete pero el borrico está muerto.
-Vamos a quitarlo del arcén, al menos a retirar las patas de la carretera.
Después de recoger lo que el burro llevaba, comenzaron a andar.
Mientras Jacinto marchaba maldiciendo, su mujer lo seguía rezando a toda virgen que se acordara. Tras diez minutos de camino Jacinto volvió a quejarse.
-¡Santa madre! No se cuanto llevamos pero por lo que veo ahí delante hasta al menos dos horas más no veremos absolutamente nada. Campo y más campo.
Estaba oscureciendo.
-Acuérdate que el mapa decía que no está ahí delante la casa de mi hermana, tenemos que estar muy cerca- tras una pausa-¿Marido?
-¿Qué pasa ahora?
-Me acaban de caer dos gotas…tres…cua..
-¿¡Pero a quién has rezado!?
Pronto comenzó a llover intensamente y ambos echaron a correr con todos los bultos encima.
-¿¡Adónde vamos!? ¡Si aquí no hay nada!- preguntó Jacinto.
-¡Y yo qué sé, tu corre!
Llevaban todo calado, las piernas con barro y las mochilas empapadas. De pronto de la nada surgió una chica. Llevaba una ropa nada recomendable para aquel tiempo, una imperceptible minifalda y un escotado chaleco de cuero. Estaba parada en aquel arcén bajo el amparo de un llamativo paraguas. La joven al ver al hombre acercarse se giró hacia él. Aquellas exuberantes curvas llamaron la atención del pobre Jacinto.
-¡Ai Teodora que estoy viendo a tu virgen!
-Pero que estás diciendo enfermo- ésta de lejos apenas veía contornos.
Pronto comenzaron a aparecer más de aquellas “vírgenes”. Surgían de la oscuridad pero lejos de asustar hacían que Jacinto olvidara hasta la tromba de agua que caía. Su mujer cuando logró ver de lo que Jacinto alardeaba le quitó a este de un tirón el bastón (éste casi cae al suelo) y con él amenazó a todo el retén que rodeaba a su marido. Jacinto sonreía pues las mujeres se peleaban por él, eso sí con una diferencia de edad entre unas y otra de más de 30 años; si en aquellos momentos le hubieran preguntado quien quería que ganasen…
Ahora Jacinto también corría pues Teodora le atizaba con el bastón.
-¡Por Dios! ¡Que no se acaban!-gritaba ésta sin parar.
Jacinto ya encontraba insoportable el dolor de los bastonazos así que levantó la cabeza para buscar refugio, a lo lejos se veían unas luces.
-¡Allí! ¡Allí! ¡Hay una casa o algo parecido!- gritó éste.
-¡Pues corre!
La situación era algo patética, dos ancianos corriendo por el arcén huyendo de prostitutas con la esposa atizando a su marido con el bastón mientras intentaban guarecerse en:
Club “Pleasure”, rezaba la entrada.
-¡Corre, entra!- ordenó Teodora.
Ambos se encontraban en el pasillo de la entrada, una especie de oscura antesala.
-Creía que nunca íbamos a llegar. Pasaremos aquí la noche y mañana acabaremos el camino que nos quede-sugirió Teodora.
Jacinto ni la escuchó, su cara reflejaba armonía. Se llevó otro bastonazo.
-¡Ah! ¡Qué burra eres!- mientras se rascaba la cabeza.
-Pues escúchame cuando te hablo, que por fin mis ruegos han hecho sus frutos.
Empujaron una pesada puerta que estaba vestida con una cortina roja. Jacinto entró primero, no se creía lo que sus ojos volvían a ver; frente a él habían más de veinte chicas como las de fuera, aun con menos ropa que antes.
-¡Si que tus ruegos han hecho sus frutos, Teo!
Una se acercó y lo cogió del brazo, éste se giró ya que no sabía si quiera si su mujer había entrado ya.
-¿¡Qué demonios!? ¡¡Teodora!!- la mujer estaba tirada en el suelo, yacía sin sentido.
Entonces se acercaron dos chicas más y junto a Jacinto la levantaron y la llevaron a una de las habitaciones; fueron más de tres viajes los que llegaron a dar a causa de toda la carga que llevaban. Después tuvieron que limpiar todo el barro que habían dejado y las pobres chicas se cambiaron pues estaban también manchadas. Pasaron la noche en aquella habitación.
La mujer al despertarse y ver aquello creyó estar alucinando, hasta que a base de codazos despertó a su marido y éste le explicó todo, o casi todo. Abandonaron el…motel dejando como pago algo de dinero y lomo de Alcahucín.
-Que limpio estaba ese motel…-decía Teodora- lo único que no llego a entender es esa máquina que había junto a la mesita y la careta del cajón.
-Ya te dicho, estaban de fiesta.
El día se despertaba tranquilo, el cielo despejado y no demasiada calor.
-¿Tu de verdad crees que ese mapa está bien?-preguntó Jacinto.
-Lo estoy empezando a dudar, la verdad.
Pues más vale que reces porque esté bien, o bueno, mejor no- volvió a mostrar esa sonrisa del día anterior.
-¿Qué?-su mujer no se enteraba.
-Nada, vamos.
Eran las dos de la tarde cuando distinguieron, más bien Jacinto pues su esposa ni lo intuía, un parador; pensaron sería buena idea llegarse para comer un poco e ir al baño.
Allí, un cojo les intentó vender cintas de clásicos de España, Jacinto lo apartó diciéndole que las dejara en su coche, si cabía ironía en aquellos momentos. El cansancio les podía, aun habiendo dormido recientemente, la caminata que estaban haciendo no era para personas de tal edad. Jacinto se acercó a la barra, quería saber donde se encontraban los aseos:
-Perdone ¿Dónde está el baño?
-Al fondo, junto a la zona wifi- respondió sin girarse el ocupado camarero.
-¿¿Junto a qué??
-El ciber- el camarero se volvió para servir a otro cliente.
Su mujer le preguntó:
-¿Dónde está?
-Ni idea.
-Pues yo no puedo aguantar más eh.
-Pues pregunta tú a ver si lo entiendes, tiene algún problema y no se le entiende nada.
-¿Y si le preguntas al cojo? Tiene que saberlo-sugirió Teodora.
-Espera aquí.
Jacinto volvió a fuera, junto a la puerta para hablar con el que le vendía las cintas.
-Hola ¿Me puede usted decir donde están los baños?
-Si.
Jacinto se quedó esperando.
-¡Oiga! ¿No me oye?
-Le oiría mejor con una de mis cintas.
-Otra vez con las cintas ¡Que no tengo coche!
-No es mi problema, tampoco vendo aseos.
-Dios…¿Cuánto valen?
-¿La quiere de Manolo Escobar, El Ruiseñor, Carmen Sevilla…?
-¡Me da igual! ¡La que sea!
-Usted elige, es su dinero- el vendedor parecía tranquilo, impasible.
-El Ruiseñor venga.
-Su Selección o Primeras Canciones.
-Yo lo mato- murmuró.
-¿Perdone?
-¡Su estúpida selección¡
-Son cuatro euros.
-¡¿Cómo?!
-Cinco.
-¡¿Pero de que va usted?!
-Sei…-Jacinto le puso la mano en la boca y sacó cuatro euros del bolsillo.
-¿Me va a decir ahora donde está el baño?
-Por supuesto. Al fondo, junto a la zona wifi.
Jacinto volvió a entrar, su mujer no estaba; pronto la vio venir de entre las mesas.
-Teodora, nos vamos de éste sitio, odio este viaje, odio esta gente, lo odio todo…no, no abras la boca, si te estas meando, fuera hay todo el campo que quieras y no quiero saber nada más- tras una pausa- ¿Dónde estabas?
-En el baño Jacinto, en el baño.
Tras reanudar la marcha, Jacinto se detuvo en seco.
-¡Dame el mapa ahora mismo!- gritó éste.
-Ya te he dicho que lo miré antes de salir y no debemos estar ya lejos- respondió ésta mientras se lo daba, dejando los bultos en el arcén.
Jacinto examinó durante unos segundos el mapa cuando levantó la cabeza y dijo:
-Esposa ¿Los gastos del sembrado lo estamos pagando entre los dos?
-Mmm si, pero no se a que viene eso.
-¡Es una razón para no matarte degenerada!- de pronto Jacinto elevó el tono hasta la histeria- ¡¿Cómo se te ocurre pensar que estamos cerca de tu maldita hermana?!
-¡¿Pues no lo ves ahí en el mapa?!
-¡Idiota! ¡Si eso fuera así en tres días estaríamos en Francia! ¡Y ya no digo en burro!
-¿¡Y yo qué le hago!? ¡Si me casé con un gafe!
Jacinto cuando se cabreaba levantaba los brazos; ésta vez llevaba el bastón, hasta que, de repente, en uno aquellos movimientos se le escapó con la “buena” suerte de que fue a para al cristal delantero de un coche que pasaba; el conductor frenó de golpe chirriando las ruedas, estas resbalaron a causa de la carretera mojada y se estrelló con otro coche del carril contrario. El ruido fue sobrecogedor.
Las únicas palabras que pronunció Teodora antes de caer de nuevo al suelo fueron premonitorias: “De esta no nos libramos”.
Al fin llegaron a la ciudad, eso sí, en coche (para remate de Teodora), y de policía. Al no haber muertes en el accidente, no sufrieron condena, tan sólo debían pagar una fianza, una fianza que no podían pagar. Por suerte, ahora sí, la hermana de Teodora la pagó y los sacó del calabozo.
“Por cierto, no era esa la hermana que había tenido el hijo”.

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Una pareja entrañable, de las de toda la vida!!.Quiero más!!Jajaja…quñe vicio!
Saludos!
Este es el que entre comillas “menos me gusta”….pero aun asi esta muy bien planteado y le das el toque entre comedia e intriga de que pasará mas adelante. Un beso.